Ah por fin llegamos al final de la historia.
¿Recuerdan cómo empezó? Yo escribí lo siguiente al inicio de mi primera publicación:
“Este fin de semana pasado, al regresar de mi terruño me acordé de como me gané el mote del Killer cuando había entrado a la universidad.”
En sí, toda la saga fue precisamente para llegar al principio. Donde todo surge. Y que curioso. Puedo asegurar que a mis estimados lectores y lectoras, se les había pasado ese pequeño detalle. El motivo de mis memorias.
Y no los culpo. Digo, después de diez publicaciones de una historia que comienza con tal introducción, en definitiva el motivo inicial que lleva a escribir, se puede volver una minucia después de meses literalmente, de escribir sobre ello.
Hay detalles de mi relato que dejé fuera a propósito, para evitar evidenciar demasiado la dirección del mismo. Y de esas cosas quiero hablarles precisamente.
La noche que partimos en mi vocho de mi ciudad natal, pasó algo que podría describirse como totalmente sin relevancia para el viaje. Y que como caso aislado hubiera pasado inadvertido. El tiempo se encargaría de sacarlo a la superficie de la memoria, donde las cosas triviales toman importancia.
Teníamos poco tiempo de haber salido a carretera. El vocho surcaba la carretera en la oscuridad de la noche a 150km/h (en realidad eran 110km/h, pero no olviden el velocímetro defectuoso), cuando de pronto salta al camino intempestiva e inesperadamente, una liebre. Por la premura e inexperiencia de manejo, no hice nada para evitar el impacto. Ni siquiera tuve tiempo de sacar el pie del acelerador. Los faros de mi vocho iluminaron brevemente aquel infortunado animalillo de campo y a su mortal camino perpendicular al mío; y de forma abrupta, casi instantánea, mientras saltaba en su avanzar, la defensa delantera de mi vocho golpeó su pequeña cabecita con la fuerza que la inercia le da a dos cuerpos que se colapsan en encuentros frontales, y cuya comparacion de masas pone en total desventaja a uno de ellos absorbiendo en el impacto su trayectoria, dirección y velocidad de desplazamiento, para desaparecerlo en la nada del instante en el que se produce el impacto. Casi como si nunca hubiera existido.
Me aferre al volante sin variar mi dirección, y exclamé fuerte algo. Una frase que no recuerdo, pero que bien pudo haber sido, “Ay Cabrón!”, o “Hijo de su pinche madre!”, o alguna otra de esas frases que le salen a uno de forma involuntaria, en un momento de tensión y/o sorpresa. La culminación del choque aquel, no pudo ser más cruenta de no haber terminado en un atropellamiento doble con las llantas delantera y trasera del lado por donde se produjo el impacto, que era el lado del copiloto y donde el Balú venía sentado, casi dormido y que a mi grito inicial se incorporo para ser testigo de aquel sangriento suceso.
Pasado el acontecimiento funesto, el Pato y el Champi, quienes venían dormidos atrás, se incorporan también al escuchar el golpe después del grito de susto que yo había dado. -¿Qué pasó?!- me preguntó el Pato con un tono de preocupación notoria en su voz. -Nada.- le dijo el Balú, -que el pendejo éste atropelló una liebre. -No mames- me dijo el Pato, -y por eso tanto pedo. Dejen dormir chingao. Y tu bájale que vienes a madre güey.- Yo guardé silencio. Por mi mente pasaba una y otra vez aquella imagen en cámara lenta de la liebre en el justo instante en la que la cabeza era impactada por la defensa del vocho, y que a la fecha recuerdo como si acabara de ocurrir. En todo el viaje no se volvió a hablar del incidente.
Aquella última tarde subimos al vocho listos para dejar el puerto. Nos podía demasiado haber perdido la cámara de esa manera. Nadie nos creería nuestras aventuras así, sin evidencia.
Manejamos de regreso, solo que en esta ocasión no me dejaron manejar en la peligrosa sierra de Durango. Dijeron que no querían que los fuera yo a matar por mi manera de manejar tan “acelerada”. Y alguien recordó el suceso con la liebre. Y nos reímos. Manejó el Pato en mi lugar y tardó horas en bajar la sierra. Manejaba detrás de un camión que transportaba troncos y al cual se oponía rebasar por temor a ser embestido por algún vehículo detrás de cada curva de aquella sinuosa carretera.
Por fin la meseta. Era ya muy noche cuando tomamos la autopista. Horas después el hambre nos hizo detenernos en un restaurant que solo frecuentan choferes y camioneros. Nos rascamos las bolsas y solo completamos un café aguado y unas papitas. Tendríamos que conformarnos. Era todo lo que podíamos comprar con ese presupuesto. El Pato cansado me dejó manejar a mi el resto del camino. Lo cual no era mucho pero dada la hora de la madrugada, sería la parte más cansada de nuestro retorno.
Manejaba escuchando música para no dormirme aun asi cabeceaba de vez en cuando. Ellos tres hacía rato que roncaban. En la penumbra de la madrugada divisé en el horizonte el resplandor de las luces de mi ciudad. En el retrovisor, la luz tenue del cielo a mis espaldas, daba ya los primeros indicios del amanecer. Me sentí relajado y contento de haber terminado aquel viaje sin mayores contratiempos de los ya contados anteriormente. Miré el indicador de la gasolina y supuse que con aquel combustible llegaríamos sin problemas a nuestro destino.
En ese discurrir me encontraba cuando de pronto algo me despertó de mi cavilar. Un impacto inesperado me llenó el parabrisas de plumas y había dejado un manchón sanguinoliento en la esquina superior derecha del vidrio delantero. El golpe fue seco pero no despertó a mis acompañantes. Solo a mí. Me quedé absorto en el manchón por un momento observando las plumas todavía pegadas al vidrio con la sangre. Me preguntaba cómo era posible que aquel plumífero había impacto de frente contra mi sin esquivarme. De repente pensé algo que me pareció un presagio tétrico. ¿Sería algún tipo de maldición que me perseguía por algún motivo? Moví mi cabeza para sacar aquel pensamiento de mi mente y me concentré en el camino. Poco tiempo después ya con la luz del sol asomando entre las montañas entramos a la ciudad y destino final de nuestro viaje. Olvidé aquel suceso del ave impactada a pesar de tener el manchón de sangre todavía en el vidrio. Supongo que me había acostumbrado a él.
El ruido de la ciudad, la disminución de la velocidad y las paradas continuas, terminaron por despertar a mis tripulantes. De repente recordé el suceso al amanecer pero me quedé callado. Pensé que nadie notaría aquella mancha en el vidrio si yo no la señalaba. Pero no fue asi. Uno de los tres, no recuerdo quien, me preguntó, -¿Que es eso?- Y yo haciendome como que la virgen me hablaba me hice guaje (pato o pendejo, que pal caso es lo mesmo), y respondí entredientes. -Nada. No sé. El Balú, que de los tres era el más insistente para chingar el alma, dijo en voz alta “NO MAMESSS!!! jajajajaja te llevaste un pajarito güey!!!! Y los tres al mismo tiempo soltaron tremenda carcajada, para mi vergüenza.
A partir de ese momento la muerte de la liebre y del pajarito pasaron a formar parte de las historias del viaje que al poco tiempo me ganaron el mote del Killer y que a la fecha me persigue.
Todavía hasta el día de hoy, después de muchos muchos años de aquel viaje, hay gente que no conoce mi nombre verdadero y habla a mi casa preguntando por el Killer. Incluso cuando mis amigos me presentan con alguien, no me presentan por mi nombre. Para ellos soy el Killer. Y en más de una ocasión he escuchado decir a algunos “Ah!!! ¿Con que tu eres el famosísimo Killer, ¿eh?… él de las historias”. La fama de aquel apodo ha corrido de forma paralela en una serie de leyendas urbanas acerca de su origen. Una más increíblemente desarrollada y detallada -falazmente- que la anterior.
La cosa es que el presagio aquel que tuve mientras miraba el manchón de sangre en el vidrio se volvió realidad. Y no no me siento orgulloso del apodo, ni de sumar a mi lista una cantidad interminable de víctimas callejeras, ni le atribuyo a la suerte o a alguna maldición, las muertes de los pobres animalitos que se cruzan en mi camino. Creo que es simplemente que tengo muchas horas/viaje en carretera. Al menos de eso trato de convencerme cada vez que algo así sucede.
Ese día al que hago referencia en mi primera publicación de la saga, fue que regresaba de mi terruño. La mala fortuna de un venado lo llevó a encontrarse al cruzar la carretera, con un sujeto que sin querer se ganó el mote del Killer.
Oído en algún Banco
-Oiga señorita, ¿qué son todos estos cargos que aparecen en mi estado de cuenta?
-Son cargos por retiro en cajeros que no pertenecen al banco. Éstos en particular hechos en… Mazatlán.
-¿Y estos otros?
-Son los cargos por retiro de efectivo con saldo insuficiente
-Plop!
Oído en algún Departamento
-Oye Champi, que bueno que llegas de tus vacaciones. La semana pasada te depositamos el dinero de la renta en tu cuenta de banco y tienes que ir a dar el cheque a la oficina de los depas. Que no se te pase, gracias.
-Plop!
(El pollito vino porque soy bien pinche exageradamente friolento y por tener un vecino muy cagapalos bueno para poner apodos).
Ahora si, FIN.